¡Qué bueno!
Cuando no se es el favorito del abuelo
Jorge Rogelio Beltrán Urrutia procreó cinco hijos: Catalina Mercedes, fruto de su primera relación —con “la mujer innombrable”: un desliz que ni aquí es prudente referir ni tampoco es tema de esta historia, pero que bien sirve para dilucidar cómo imperaban los prejuicios en una época en donde ni las divas del Cine de Oro nacional eran dignas de ser comentadas en una charla de sobremesa por ser “amantes” de tal o cual actor de renombre, salvo que se tratase de criticarle ese papel en una interpretación fílmica— y, en orden de nacimiento, Jaime Rogelio, Gregorio Concepción, Román Arturo y Lucía Ofelia —porque entonces llevar dos nombres era signo de abolengo—, hijos de su segunda relación —esta sí en sacrosanto matrimonio formal ante Dios y la sociedad— con María Lucía, Luchi, mujer sumisa y dedicada a su familia, abocada a contrariar su voluntad antes que la de su marido: porque “al marido hay que obedecerle, él siempre sabe cómo conseguir lo mejor para su familia”.
Don Jorge, como solía ser conocido, fue criado en el seno de una familia al extremo conservadora —tutelada por el rigor de un padre militar, aficionado a la tauromaquia, y bajo la guía católica de una madre muy devota—. Para don Jorge su mayor sinónimo de éxito en la vida era tener un empleo estable como director de la empresa editorial beltranista por tres generaciones, que sus hijos se hicieran de un título universitario y siguieran sus pasos conformando sus propias familias. Sin embargo, como reza el dicho: lo que menos quieres en tu casa lo has de tener. Para su mala suerte, el primogénito varón, Jaime Rogelio, resultó un “descarriado”. Bueno, en realidad no lo era tanto, pero que tuviera más interés en lo bailes de salón, el trago, el tabaco y soñar con una profesión artística como arquitecto, antes que ser editor, médico, contador o abogado, lo hacía merecedor de tal adjetivo. Al final, cedió ante la presión para continuar la tradición de mantener la gestión contable de la editorial en manos de los Beltrán.
Jaime Rogelio, Jai, como le decían de cariño, en algún momento de sus tempranos veintes decidió “sentar cabeza”. Quizá más como una manera de poder salir de aquella cárcel de gruesos barrotes de moralidad, que por una real convicción; pero eso sí, muy enamorado de su “Elena”: mujer provinciana un par de años mayor que él, que no pudo rehuir a la galantería y alma dicharachera de su Jai. Guapa y sagaz mujer con quien tuvo seis hijos: Amalia (quien murió al mes de nacida por una negligencia médica al no ser dada a la luz a tiempo mediante cesárea tras enredarse en el cordón umbilical, ocasionándole fallos cerebrales y respiratorios), Fátima (primera nieta de Don Rogelio, con la cual Jai pudo ganarse la aceptación y reconocimiento de su padre), Bruno (quien también falleció, pero a los dos meses de gestación “porque Dios así lo quiso”), Saúl (considerado, de algún modo, como el renacimiento de Bruno), Sara (la nieta que rivalizaba con Fátima por ser “la consentida” en cuanto a los hijos de Jai y Elena) y Juan (“el adoptado” o “el recogido”, quien, sin saberlo, había llegado a destronar a Sara y a ganarse su rechazo por celos; no así a destronar ningún amor que Don Jorge pudiera sentir, a su modo, por cualquier otro de sus nietos). Es acerca de Juan de quien trata esta historia.
Juan, que en realidad era sobrino de Elena, llegó a la familia cuando ésta supo que su hermano segundo, Orlando, se iría a probar “el sueño americano” y su pareja, Rosalba, no podía acompañarlo con un bebé de brazos. Aunque concibieron a Juan por y con amor, decidieron que era mejor dejarlo en buenas manos, por si algo les ocurría o si demoraban mucho tiempo en poder establecerse para volver por él y ofrecerle una buena vida. Así, Elena le propuso a Jai cuidar de Juan como hijo propio. Jai aceptó, siempre y cuando se hiciera todo legal, para que en caso de que sus padres biológicos no pudieran (o no quisieran) regresar, renunciaran a sus derechos paternos sobre el niño.
Y así se hizo. Juan creció en una familia amorosa que le brindó todas las comodidades y oportunidades que a su alcance tuvieron. No supo, sino hasta los 37 años que él era —después del amorío furtivo del abuelo— el segundo gran secreto familiar, que Elena y Jai eran en realidad sus tíos y, por ende, sus hermanos, sus primos. Saberlo no cambió el amor que por ellos sentía ni guardó rencor hacia Orlando y Rosalba, a quienes siempre ubicó como unos tíos que vivían en los Estados Unidos. “Sus razones habrán tenido. No pudieron haberme dejado en mejor hogar”, aseguraba. ¿Qué cómo supo la verdad? Por una imprudencia de una excuñada, Alondra, entonces pareja de Saúl que en una reunión insinuó, al calor de las copas, que Juanito no era de la familia. Sin embargo, esa revelación no era ajena a los presentimientos de Juan, quien desde la infancia hasta la adultez tuvo vagos presentimientos al respecto. De hecho, inconscientemente, solía lanzar bromas a sus padres como “¿cuándo me regresan a la casa de dónde me recogieron?”. Estos comentarios los tomaban como algo inocente. Pero un día un psicólogo les explicó que se trataba de una situación vívida alojada en el subconsciente del menor, por lo que lo óptimo para su estabilidad emocional era decirle la verdad a no más de sus 7 años… pero eso, como puede deducirse, no ocurrió así. Elena y Jai, aunque se consideraban padres modernos, preferían mantener las apariencias. La realidad era que no sabían cómo abordar el tema, pues temían que Juanito los rechazara por mentirle. Como ya vimos, no hay mentira que dure… lo suficiente.
No obstante, durante la infancia de Juan no todo fue tan cómodo, en cuanto a su experiencia como nieto. Para don Jorge, era más que aberrante aceptar —a regañadientes— que un Beltrán tuviera en sus filas a un infiltrado, un intruso, un adoptado que no llevara la sangre, el linaje, la percha de tan honorable familia. Aun cuando propios y ajenos supieran que Catalina Mercedes, Catita, era hija de su amante. Pero eso a don Jorge poco le importaba, ya que sí estaba permitido que los hombres fueran infieles, pues “para eso eran hombres”. Mas en el fondo le importaba y mucho, pues a pesar de que amaba a Catita, le recordaba demasiado a aquel amor innombrable y apasionado con el que engañó a Luchi antes de casarse.
La vida de grandes logros de don Jorge se fue al traste cuando pisar un clavo oxidado, durante una remodelación en la editorial, le causó tétanos y una consecuente gangrena en la pierna izquierda, misma que le fue amputada al cabo de unos meses. La amarga depresión le gangrenó también el alma. Como Juan había llegado a la familia pocos meses después de la pérdida de don Jorge, se convirtió en el costal de boxeo contra el que su adusto abuelo desquitaba sus frustraciones. Primero con comentarios que exaltaban negativamente la tez morena (más bien apiñonada) del niño. Después, cuando el niño tuvo entre tres a cinco años, con golpecitos tramposos. Aunque nunca lo golpeó deliberadamente, sí le agredía a escondidas con alevosía y los comentarios denigrantes persistieron con fingida sutileza.
—¡Lucía, llévate de aquí a este niño chilletas que ya está llorando otra vez! No me deja leer en paz. —Gritaba cada vez que pasaba junto al pequeño que jugaba con sus cochecitos en el pasillo principal de la casa, dándole un empujón con la pata de la muleta de madera… que tiempo después cambió por una de metal. Lo que a Juan le dolía no era el material, sino la acción… que empezaba a notar sucedía cuando nadie más miraba.
—¡Elena, no consientas tanto a ese niño, lo vas a hacer maricón! —Aseveraba tajante cada vez que veía que su madre lo mimaba o cuando su abuela Luchi le llevaba alguna gelatina o juguete que le había comprado en el tianguis. (Al menos Juanito sí conoció cómo era tener una abuela cariñosa y considerada, a cuyas faldas con tenue olor a pipí corría a esconderse cuando rompía con la pelota alguna figurilla de porcelana.)
En varias ocasiones Jai le exigió a su padre que respetara al niño, pues ante la ley y ante su amor era su hijo. Entonces, le gustara o no, era su nieto. Pero eso sólo contenía la molestia de su padre por unas semanas. Había que recordárselo constantemente.
—¡Papá, no te pido que lo quieras, pero sí que lo respetes! ¡Sólo es un niño! Él te busca muchas veces y tú eres muy grosero. Aun con eso, no dejaremos de venir a esta casa sólo porque tienes esas ideas tan anticuadas. Esta también es casa de mi madre y de nosotros, tus hijos, y de nuestros hijos, tus nietos.
Por lo general, el dolor en el muñón de don Jorge era tal, que no le daban ánimos de discutir. Alguna prudencia cabía en él, si puede decirse de algún modo. Tanto Jai como Elena (y toda la familia) entendían que no sólo se trataba del carácter recio y a veces cruel del abuelo, sino la depresión que se negaba a tratar por “haber perdido parte de su hombría por la amputación”, según él. Además de la frustración que arrastraba por llegar más que a novillero cuando practicaba su afición a los toros, su decepción por tener que cancelar su viaje a la Madre Patria y no poder visitar la meca de su “arte” favorito.
Sin embargo, pocos se atrevían a reconocer que la principal inconformidad del abuelo hacia Juanito, era que su tez no era blanca cual porcelana como la de los Beltrán de buena cepa. Para don Jorge “el niño prieto” ponía en evidencia que, con seguridad, no pertenecía a la familia, en la que jamás había existido un moreno. Claro, caso aparte el de la abuela Luchi, ahí sí cabía la excepción… Porque el amor no se fija en cosas de la piel… Y por amor a veces vale la pena arriesgarse a que un hijo salga moreno… Pero eso no iba a suceder dado que los genes Beltrán siempre eran los dominantes, entonces, podía mantenerse la certeza de que la blancura prevalecería. Don Jorge era tan contradictorio como necio: el derecho a dar y recibir amor se ganaba más por cuestiones genéticas o raciales que por verdaderos y honestos vínculos afectivos. Este pensamiento era propio de la hipocresía del círculo social al que pertenecía.
Con el tiempo, el pequeño Juan empezó a sentir una mezcla entre rencor y odio hacia su abuelo. No era consciente de si eso era algo malo o bueno, simplemente lo sentía. Le emocionaba ir a casa de los abuelos, pero, obvio, no por ver a don Jorge, sino porque ahí llegaban sus primos, salía con su madre y la abuela Luchi a hacer las compras. En la casona, ubicada en la zona más céntrica de la ciudad, había muchos rincones donde jugar y esconderse. Sobre todo, estaba el enorme armario de su tía Lucía Ofelia, quien vivía en la parte superior de la casa —junto a su marido Andrés y su bebé en gestación, Lisa—, en un apartamento mandado a construir por don Jorge para la menor y favorita de sus hijas.
Para más desgracia de don Jorge, su augurio se cumplió: a Juan le gustaba ponerse los zapatos de su tía. Aunque en la mente de Juan no había otra intención más que saber cómo se sentía usar zapatillas y verse más alto; para su abuelo eso era la mayor demostración de un niño maricón. “Encima de tener que aceptar al que no lleva mi sangre, tengo que tolerar, en mi propia casa, que ande por ahí entaconado. Ya parece que un Beltrán legítimo va a andarse exhibiendo como mujercita. ¡Es el colmo, carajo!”, vociferaba para sí cada que regañaba a Juan por andarse “desviando”. El fulgor en la mirada del abuelo hacía llorar al pequeño. Le asustaba y entristecía. No por temer un seguro empujón, sino porque sentía que no lo quería ni un poquito.
Pero los juegos de Juan no cambiaron. Al contrario, se intensificaron cuando nació Lisa, pues ahora tenía con quién jugar. Su rubia prima hermana creció. Le gustaban las muñecas, los tacones y maquillajes de su mamá. Juan no pretendía ser una niña, pero disfrutaba de jugar como una de ellas. Así como Lisa disfrutaba de jugar con los cochecitos y figuras de acción de Juan. Para el resto de la familia, aunque les parecía un tanto “raro”, no juzgaban el hecho más que como “cosas de niños” —pero era más una forma de eludir hablar de un posible niño homosexual, algo impensable para la familia—. Con los años, Juan se definió como homosexual, pero no por haberse puesto los tacones de la tía, sino por convicción, por ser consciente de esa orientación hacia su mismo sexo (y porque desde el kínder hasta la preparatoria sus mejores amigos terminaban confesándole que les gustaba, incluso algunos estar enamorados de él). Mas esa decisión fue algo que ocurrió hasta sus 17 años. De haberlo sabido don Jorge, se hubiera infartado ipso facto. No sin antes desheredar a Jai.
Así pasaron unos cuatro años. Juan y Lisa eran más que primos, como hermanos. Como a don Jorge esa relación no le gustaba, pues Juan podía “pervertir” a su nieta menor favorita. Entonces, optaba por enemistar a los niños: como podía los “echaba a pelear cual gallos”: dándole el juguete de uno al otro para que forcejearan por él, permitiendo que Lisa le diera sendas mordidas y jalones de pelo a Juan, recalcando en cada oportunidad que Lisa era su consentida: cargándola, mandando a la señora Rita, la mujer del servicio, a comprarle obsequios sólo para ella, abrazándola, besándola y rechazando a Juan cada vez que se le acercaba aun para saludarlo. ¿Qué si nadie decía nada? Por supuesto que sí, pero don Jorge, con una sola mirada, les exigía “dejarlo ser”, “esa era su casa”, “así lo habían educado”, “era lo correcto”. Alguna vez llegó a explicarles que su intención sólo era “ayudar al niño a forjarse un carácter fuerte, para que se hiciera más hombrecito”.
Pese a todo, Juan jamás dejó de ser educado con su abuelo. Aun cuando en cada acercamiento sentía el desprecio. No sabía exactamente por qué lo recibía (pues ignoraba no ser hijo biológico de sus padres, los presentimientos eran sólo eso y no había desarrollado aún la capacidad de interpretarlos a cabalidad). Mas sí le era evidente que el abuelo lo trataba peor que aun extraño, como si hiciera algo malo todo el tiempo. Y quizá sí: existir, ser como era. Eso para una mente cerrada es una declaración de guerra, incluso entre familiares cuando no toleran lo diferente o lo que les exalta algún prejuicio o temor. Ha de ser porque los enfrenta contra sus complejos, carencias y demás cuestiones que prefieren evadir para no reconocer error alguno en su raciocinio y conducta.
La historia de salud de don Jorge no mejoró, su adicción a los dulces y una propensión hereditaria lo llevo a desarrollar diabetes durante esos años. Era obvio, ¿quién cenaba hasta los frijoles en un pan de concha acompañada de refresco de cola? Él. La enfermedad avanzó muy rápido, derivando en la amputación de la pierna que se había cansado de sostener la hombría que le quedaba. Si antes don Jorge se sentía inútil, ahora se consideraba un bulto, un estorbo, un intento de hombre, un payaso que se exhibía en silla de ruedas para causar risa y lástima. Esto lo notaba Juan cuando a la casa llegaban los excompañeros de la editorial que, imprudentemente, le recordaban al gran don Jorge sus glorias pasadas en dos piernas, cuando podía ir y venir por los pasillos dirigiendo, leyendo… o charlando con las secretarias. Aunque no lo hacían con malicia, sí había un dejo de “mírate, pobre, ha de ser difícil estar en tu situación… ojalá que el doctor Enríquez pueda ayudarte, es una eminencia… ¿y no has pensado en usar prótesis?”. Cabe acotar que, efectivamente, el doctor Enríquez era una eminencia, pero no pudo salvar de la sierra ninguna de sus piernas. Una vez en privado le explicó a la familia que esos fracasos se debieron más a los malos hábitos del paciente y a su pésima actitud, que a la falta de intentos y procedimientos médicos.
Casi olvido mencionar que, antes de la segunda amputación, don Jorge usó prótesis por un tiempo, pues era preferible. No tanto para poder andar, sino para manejar la imagen incólume de un gran Beltrán que no se deja vencer ante nada ni nadie. Porque “¿qué es eso de andarse enrollando el pantalón para no arrastrarlo o doblarlo para sentarse? No tener una pierna no significa que no se deba lucir la ropa como se debe”, sentenciaba.
Y así siguió la infancia de Juan en casa del abuelo. Por suerte ya lo veía menos, gracias a que Elena, para poder ayudar con los gastos, decidió volver a trabajar e inscribió a Juanito en el kínder: “Le hará bien empezar a socializar con otros niños. Además, ya no puedo llevarlo a casa de sus abuelos, aun cuando Luchi me ofrece cuidarlo. Ella ya tiene bastante con atender a don Jorge.”
Pese a los malos tratos, Juan aprendió a que eso no le importara demasiado. Gracias a su abuelo supo a corta edad qué es lo contrario al amor. Cómo era tener un abuelo distinto al que sus primos le contaban, aun cuando se trataba del mismo hombre. Esta reflexión llevaba a Juan a compartir pensamientos en voz alta con sus padres y hermanos: “¿Sabes, yo sé que mi abuelo no me quiere? Me gusta ir a casa de mis abuelitos, pero sería más divertido si él no estuviera. Me gusta ir más cuando él se va al médico todo el día. ¿Por qué no se queda allá? Allá lo podrían cuidar mejor, ¿no? ¿Y si se muere?”
—¡Juanito, no digas esas cosas! No está bien que te expreses así. Los niños bonitos no dicen cosas feas de nadie. Tu abuelito sí te quiere, sólo que a veces se pone de mal humor porque está enfermo. —Traban de suavizar o de cambiar el tema los adultos.
Una fría madrugada de viernes otoñal, Juan fue despertado de súbito en medio de las lágrimas de sus padres y hermanos. Elena vistió cual esquimal al pequeño Juan y lo cubrió con dos cobijas para llevarlo a casa de Marta, la vecina que solía cuidarlo cuando tenían que acudir a una fiesta “sin niños” o en casos de emergencias, como los velorios. Juan no entendía qué sucedía. Entre la oscuridad de las cobijas sólo podía tratar de imaginarse lo ocurrido a través de lo que alcanzaba a oír en medio de susurros entrecortados. De pronto, cual relámpago, se iluminó su mente con la luz y estruendo de una idea que le hizo sentir un placer culposo, pero placer al fin de cuentas, tras escuchar la palabra: murió.
Al tiempo que se sentía estrujado al pasar de los brazos de su madre a los de Marta, Juanito no cabía en la inmensidad de su alegría: su último deseo de Navidad que le había pedido al niño Dios y los Reyes Magos se había cumplido. (Deseo nacido en su corazón luego del menudo regaño que el abuelo le puso frente a todos cuando en la última Nochebuena, durante la pedida de posada de los santos peregrinos, Juanito cargaba la efigie de José, y Lisa la de María, a la vanguardia de la procesión… Durante la séptima ronda en el patio, Juan, por ir jugando a pisar un tablón que hacia de tapa de la coladera del patio, lo fue moviendo a cada paso hasta que éste cedió… y su pie se fue en el hoyo haciendo que se fuera de bruces con el pobre de San José de Nazaret —reliquia de cuatro generaciones Beltrán y recuerdo de la madre del abuelo—, cuya cabeza perdió y rodó hasta la llanta de la silla de ruedas de don Jorge. Teniendo así que reanudar la posada hasta que el pegamento más a la mano pudiera volver a unir la resina y cerámica finas pintadas a mano, tratando de que no se notara la marca de la decapitación.)
—Juanito, te quedarás con nosotros algunos días. Ha ocurrido algo muy triste para tu familia…—trató de explicarle Marta al niño, una vez que lo recostó en su cama, cuando éste la interrumpió.
—Sí, ya sé. Se murió el abuelo. Y… ¡Qué bueno! —Dijo Juan con una leve sonrisa y con los ojos acuosos.
Colofón: Aún tengo frescos los recuerdos de Juan y su abuelo porque en nuestra última reunión de exalumnos de la primaria, recordamos cuando me relataba a la hora del recreo cómo había sido no ser el nieto favorito de su abuelo. Ahora, a más de treinta años de aquella experiencia, Juan me confesó que nunca se ha sentido culpable por haber tenido esos sentimientos hacia aquel hombre que tanto temía, pues, como niño que era, entiende que no lo hizo maliciosamente. Sólo quería sentirse libre, amado, saber cómo era tener un abuelo como el de sus hermanos y primos. Con los años aprendió a comprender a aquel hombre de ideas apocadas, cuyos prejuicios eran más grandes que su capacidad para aceptar y amar a quienes no consideraba parte de su familia. También me compartió que sólo se arrepiente de antes no haber exaltado más en la memoria de su corazón aquellas escasas veces en que don Jorge sí se atrevió a abrazarlo cuando nadie lo veía… para después empujarlo, mirarlo con furia y gritarle a su madre que el niño ya estaba otra vez haciendo berrinche “sin motivo”. Empero el abrazo, existió. Quizá lo necesitaba más don Jorge que Juan. Además, me compartió que “qué bueno que se murió el abuelo”, no porque ya no iba a poder molestarlo, sino porque si hubiera vivido al menos un año más… se habría muerto, pero de la decepción de saber que su amada Lucía Ofelia había sido engañada por el cuasi perfecto Andrés… y no con una ¡sino con dos mujeres con las que también esperaba familia! Y cómo no iba a indignarse hasta la médula don Jorge Rogelio Beltrán Urrutia, si en su familia nadie había tenido amantes por partida doble… ¿o sí?
¿Te ha pasado o has conocido alguna situación en la que una mala experiencia durante la infancia haya sembrado un deseo como el de Juan?


Amador, qué relato tan potente y cargado de verdades incómodas nos has compartido. Me ha impactado mucho esa frase final de Juan sobre el placer culposo de la liberación. Al final, los niños tienen un radar infalible para detectar el desprecio, y lo que para los adultos era una tragedia, para él era simplemente el fin de una amenaza constante contra su identidad y su alegría.
Esa figura de Don Jorge representa perfectamente cómo el rigor, los prejuicios y una salud mal gestionada pueden terminar gangrenando no solo el cuerpo, sino todo el entorno familiar. Es fascinante y a la vez triste ver cómo proyectaba sus propias sombras y frustraciones sobre un niño, intentando forjar un carácter a base de empujones y desprecios. En Salud Leona vemos a menudo cómo ese estrés crónico y esa amargura sostenida son los que realmente agotan la infraestructura biológica, mucho antes que cualquier bacteria o accidente.
Mañana jueves publico una historia que conecta de forma muy directa con esta arquitectura del colapso. Es la crónica de un directivo que, al igual que Don Jorge, ha construido su vida sobre pilares de exigencia y rigidez, ignorando por completo lo que su sistema nervioso le grita cada mañana. Verás cómo el intentar mantener esa imagen de invulnerabilidad y control termina por pasarle una factura inevitable desde antes de que empiece su jornada laboral. Al igual que en tu historia, el cuerpo siempre termina reclamando el espacio que la mente le niega.
Si quieres profundizar en cómo estas dinámicas familiares afectan la salud a largo plazo, te invito a suscribirte a Salud Leona. Precisamente exploramos cómo recuperar esa soberanía sobre nuestra propia biología frente al ruido y las expectativas de los demás.
Un abrazo de león y gracias por rescatar estos recuerdos de Juan. 🦁✨
Me costó engancharme al principio ya que hay muchos nombres, y personalmente se me hacen bola siempre. Pero, luego me captó, se sintió como leer un chisme familiar, bien redactado y con detalles, como me gustan.
Solo extrañé que se profundizara un poco más en como se sentía respecto a la adopción, ya que toda esa parte se siente más como alguien ajeno hablándome sobre un adoptado que no conoce personalmente. Tal vez porque he tenido mucha experiencia hablando con gente adoptada, explorando en profundidad las emociones alrededor de ello, y ahora la mayoría de representación en la literatura o cine se me hace insuficiente.
El resto me encantó y fue muy entretenido. 𖹭